“ShortBus” de John Cameron Mitchell, 2006.

“ShortBus”, una película de John Cameron Mitchell que intenta ver el sexo bajo una mirada normalizada.

Existen varias películas que intentan conciliar el sexo explícito con el cine comercial. Estos títulos se asomaron tímidamente a las carteleras, pasando casi inadvertidas. 

Shortbus” (del director, John Cameron Mitchell, 2006) es una de estas películas, donde el sexo y el mensaje se dan de forma íntima la mano para conseguir una película que logre transcender su tan recurrente propuesta.

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Lo primero que sorprende de “Shortbus” es su comienzo. En él observamos a una pareja haciendo el amor de forma salvaje, practicando múltiples posturas sexuales. También aparece una dominatrix castigando a uno de sus clientes. Y como colofón, un homosexual intentando practicarse una autofelación. Este comienzo tan brutal es sólo una previsión de lo que nos espera en el film.

Lejos de entremecer la mirada del espectador con tanta carga sexual, el comienzo de la cinta es sólo una pequeña arma de lo que se sirve John Cameron Mitchell para presentarnos su reflexión sobre las inquietudes sexuales de una sociedad, y con un trasfondo social claro, el de exorcizar los demonios de la política del miedo instaurada por George Bush tras el ataque del 11-S.

Así, el realizador John Cameron Mitchell que ya nos tiene acostumbrados a sus increíbles historias cargados de un gran contenido sexual y moral por partes iguales, no se corta ni un pelo a la hora de mostrarnos el sexo con una naturalidad que se aleja por completo de la industria del porno debido al interés por lo que hay detrás de cada una de las personas que vemos en la pantalla. Mitchell otorga una gran voz propia a los tres protagonistas principales del relato: la sexóloga que nunca ha tenido un orgasmo, el homosexual que nunca se deja penetrar y la dominatrix que no está tan contenta con su forma de vida como ella cree.

El mayor peso del relato recae en el papel de la sexóloga, pues es gracias a su viaje a través del mundo en el Shortbus (un club neoyorquino) que conozcamos al resto de personajes que completan la trama. El hecho de no poder tener un orgasmo, le sirve a Mitchell como excusa para situar al personaje en una posición única, la de una exploradora dispuesta a probarlo todo con tal de alcanzar el éxtasis sexual.

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En segundo lugar tenemos al homosexual deprimido (que poco a poco nos deja ver que además está reprimido). James sirve como agitador de conciencias siendo presa de la represión social. A todos nos hace creer que tiene una gran depresión debido a un accidente, pero es en la conversación que mantiene con otro homosexual donde nos explica lo que realmente le ocurre «…nunca me dejo penetrar porque yo no quiere ser así…». Toda una crítica a ese sector de la sociedad que sigue creyendo que la homosexualidad es una enfermedad a erradicar.

Mitchell intenta cerrar su obra con uno de los morbos sexuales más tabú (y que parece estar de moda en la actualidad), la dominación. El personaje de Severin, la dominatrix, es el menos trabajado de todos, aunque queda claro que ella va en contra  de todo lo que el mundo busca, la estabilidad personal, el desarrollo de relaciones sexuales normales, etc…

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Que la película sea tan llamativa es debido en un alto porcentaje a la enorme y comprometida labor de un grupo de actores desconocidos cuyo anonimato es aprovechado por el cineasta para crear una sensación tan real. Gracias al uso de estos personajes las escenas sexuales son tan reales ya que dichas escenas están rodadas de verdad. Este compromiso se traduce en que ninguno de ellos tiene problema a la hora de practicar sexo real delante de la cámara, desnudando su alma en unos personajes a los que se les intuye cierto grado de carácter autobiográfico.

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Sí que es verdad que la película va perdiendo un poco de fuerza según se avecina el final. Las situaciones, conversaciones, sentimientos y pensamientos que Mitchell presenta durante el desarrollo de la acción, nos cerciora del deseo de rebelión contra el estado de miedo constante al que el pueblo americano se vió sometido tras el atentado de las Torres Gemelas. Aunque lo parezca, “Shortbus” no es una película sólo sobre sexo, es un film sobre la libertad y la autodeterminación del individuo. Además de demostrar que la globalización ha acabado con lo que nos hace únicos. En conclusión, que una producción cinematográfica grite a contracorriente debería ser motivo suficiente para su disfrute pese a los elementos negativos de la película.

Muchas escenas de sexo, imágenes de penes, felaciones y mucha carne no justifican la poca calidad visual de la película, pero bueno, es una buena película para ver un domingo tarde.

Por Alberto Rodríguez

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